¡Hablando sobre Venezuela!

Archipiélago de Los Roques

La semana pasada tuve la oportunidad de participar en el programa de radio “Matí a 4 Bandes” que conduce Víctor Llopart por la señal de Ràdio 4 de Radio Nacional Española (RNE). La invitación surgió a partir del bloguero (y amigo) Marc Serena (Lavueltadelos25.com) quien conduce la sección de viajes de este importante programa.

A pesar de que el programa iba a ser transmitido en directo, y los nervios que ésto implica para los que no estamos acostumbrados a hablar en público, me sentí muy cómodo con Marc escuchando sus experiencias vividas cuando hace un par de años estuvo en Venezuela, como parte de su recorrido por el mundo para escribir su libro La vuelta de los 25. Y mi papel fue básicamente el de matizar detalles y claro que ponerle acento venezolano a la conversación.

Me gustó mucho el tono positivo que le dio Marc a la presentación del país. Algo que definitivamente le hace falta a Venezuela, últimamente castigado a nivel mediático sólo por todos los aspectos negativos. Siempre es bueno recordar el lado optimista y positivo de un lugar y de su gente.

Desde Barcelona fue para mí un honor poder agregar un pequeño grano de arena y contribuir con la imagen positiva del país que me vio nacer.

Para escucharlo sólo debes hacer clic en el enlace que dice “Veneçuela i el 9 esportiu”, a partir del minuto 30. Eso sí, el programa está mitad catalán / mitad venezolano. Pero estoy seguro que se puede entender sin mucha dificultad 😉

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Invierno en Mar del Plata … y traemos alfajores!

Eddy volvió hace poquitos días de la Laponia Sueca,  asi que tomo el relevo viajero y parto hacia Mar del Plata.

Esta ciudad balnearia a orillas del Atlántico es el destino elegido por miles de turistas argentinos cada verano. La ciudad de Buenos Aires queda entonces vacia; se puede caminar tranquilamente por la Avenida Corrientes o la 9 de julio. Pero el bullicio se traslada a La Feliz, llenándose de niños con baldecitos de colores y castillos de arena, señores jugando al tejo y jóvenes por todos lados.

Sin embargo, nunca he estado allí en época estival. Siempre llegabamos con mi familia en otoño o invierno… a mi gusto, el mejor momento para conocer esta ciudad. Para mi entonces Mar del Plata es sinónimo de paseos por la rambla con camperas abrigadas, de sentarme a admirar el mar durante rato largo en los acantilados de la cercana Chapadmalal, de alfajores (no necesariamente Havanna), de café y medialunas en la Confitería Boston, de pescados y frutos de mar en el puerto o Ravioles en Montecatini. Inevitablemente, también me trae nostálgicos recuerdos ochentosos de la mano de Alberto Olmedo y compañía, un gran actor rosarino, ícono de la comedia argentina que grabó muchas de sus divertidas películas aquí.

Muchos recuerdos me unen a este lugar. Por ejemplo, en las escaleras de la rambla dí mis primeros pasos. A los 13 años me deslumbré con la Feria de las Colectividades que se hace anualmente en la Plaza San Martin. Allí creció enormemente esta pasión que me acompaña desde muy  pequeño: diversidad de culturas, costumbres, formas de vida, lenguas. Iba todos los días, hablaba con los puesteros… y claro, compraba cosas y degustaba platos que para mi eran super exóticos en aquel momento.

Yo en MDQ (Marzo de 1988) - Cámara en mano y llovizna en la cara 🙂

Más allá de estas apreciaciones personales, es una urbe con una historia muy interesante y una arquitectura soberbia, lo cual merece ser contado como corresponde en otro post.

Ya varios amigos me están reclamando alfajores. Una frase muy común aquí es “¡Buen viaje, traé alfajores!“. Prometo hacerlo; y aunque no me pidió nada, una cajita virtual va para Victoria (El Próximo viaje y Diario del Viajero), amiga de la casa nacida en Mar del Plata que se cruzó el gran charco, ahora siendo también su hogar Marbella. Para vos Victoria, te mando varios de chocolate … y unas medialunas de la Boston de yapa! 😀

Para muchos, este lugar representa una linda ciudad balnearia,  sólo un amor de verano. Yo, vivo enamorado de La Feliz 😉

Fotos de: http://www.imagenesmardelplata.com.ar

Todos los caminos conducen a Nueva York

Hace poco más de un año conocí a Flavio Bastos a través de una amiga en común. Él vive en Lisboa y yo en Barcelona, y aún no hemos tenido la oportunidad de conocernos en persona, pero estamos en constante comunicación sobre mis proyectos y los suyos. Desde hace ya un buen tiempo “anda” literalmente revolucionando unas cuantas ciudades con su proyecto que bien pudiera definirse como “ando”…empezó con Lisboando.com, luego Oportoando.com y recientemente Newyorkando.com. Él insiste con la manía de seguir creando webs informativas de mis ciudades favoritas, el día que toque Barcelona ya le he dicho que terminaré involucrado inevitablemente en su proyecto.

Pero ahora es el turno para Nueva York. Hemos cedido espacio a su editora Andrea H. Madrid para que nos hable de su Nueva York.

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Nueva York es la nueva Roma, todos los caminos conducen a Nueva York. No es que releguemos a la ciudad madre del mundo antiguo, es que Nueva York es la fuente de buena parte de las metáforas contemporáneas. Es el icono y concepto de la ciudad, es Ciudad Gótica pero también Metrópolis, es la Pequeña Odessa y también la Pequeña Italia, es salsa y es rock. Así es esta ciudad, aquí todos caben y hay para todos. ¿Hace falta seguir justificando nuestra pasión?

Nuestras niñeras fueron series y películas que casi siempre ocurren en Nueva York. Aunque Superman, Batman o Don Corleone nunca han visitado nuestras latitudes, sus mitologías nos son tan familiares como Mafalda, Asterix y Obelix o Mortadelo y Filemón. Siempre temimos el primer día en que pondríamos un pie en la gran metrópolis, pensamos que nos íbamos a extraviar entre tanta cita fílmica. Nueva York es como Roma -insistimos- “verla y después morir”. Pero fuimos y no morimos, pero nos contagiamos con la NewYorkmanía. Y si pasamos un año sin regresar comienza el síndrome de abstención.

Otra cualidad de esta ciudad es que no es Estados Unidos, es Nueva York, antes era Nueva Amsterdam y mucho más atrás territorio indígena. Quienes conozcan otras ciudades de Norteamérica podrán dar fe de ello. Es que en esta ciudad casi todos vienen de otra parte, como lo dijo John Dos Passos en su Manhattan Transfer. Aquí se hablan casi 100 lenguas distintas, basta pararse en una esquina para escuchar simultáneamente varios idiomas. Y a los hispanoparlantes se nos hace fácil, ya que la segunda lengua de la ciudad es el español.

Esta cultura ecléctica se vuelca en sus comidas, se puede desayunar bagels en un dinner de Brooklyn, almorzar dumplings en el Chinatown y cenar un ceviche bien picante en Queens. También en su oferta de espectáculos. Hay festivales de cine independiente como TriBeCa, pero también las masivas obras de Broadway. Y que se diga de la música, la banda que “lo logra aquí lo logra en cualquier parte”, tomando prestada una cita literal de Frank Sinatra.

Nueva York es un puerto, tiene esa cualidad ambigua de gente siempre llegando y partiendo. Es como las ciudades de Calvino o la Dark City de Alex Proyas, eternamente recomponiéndose. Esta sensación de novedad permanente la comparte con otras ciudades puerto que nos fascinan, como Oporto, Barcelona, San Francisco, Hamburgo o Valparaíso. Esta atracción por esta esta Babel cosmopolita debía hallar un curso, sino podíamos reventar. Y así fue como nació Newyorkando, una guía de viaje indie, punk, sin más intermediarios que muchas horas de pelis y libros, nuestros gustos y las recomendaciones de amigos.

Esperamos contagiarles con este virus y start spreadin’ the news, I’m leavin’ today…

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Andrea H. Madrid es una amante de la cultura pop. Buena parte de su vida consiste en viajar y crear guías de viaje enriquecidas con referencias pop e históricas para que todos nos sintamos atraídos con los relatos de los lugares que visita. La pasión viajera la combina con su vida como profesora universitaria y como consultora de ideas de +pop, sintetizando academia y cultura pop.

Buenos Aires Express

El mes pasado tuve el agrado de recibir en Buenos Aires a un amigo de la casa, Chris Pomeroy, quien anteriormente nos contó sus vivencias en la Patagonia chilena y su paso por Santiago.

 Crucemos la cordillera de los Andes: es ahora el turno de la Reina del Plata, la ciudad que me vio crecer. Quien mejor que Chris para relatar nuestro breve, pero intenso (¡y divertido!) paseo por la capital porteña. Aquí va:

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 Cuando me invitaron a participar en un foro de marketing turístico en Buenos Aires acepté con muchísimo gusto: porque la invitación venía de amigos, porque el tema del Marktur Forum me interesaba profesionalmente; pero si te soy sincero, sobre todo porque nunca había estado en la capital argentina y le tenía muchas ganas.

Llegué a Buenos Aires en plan “estrella de cine”. Después del vuelo en clase turista necesitaba un masaje de espalda más que de ego, pero la verdad es que te levanta el ánimo cuando te recibe en la puerta de llegadas el chofer impecablemente trajeado en un Mercedes de lujo. Lástima que no tenía delante ningún amigo a quien darle envidia. Le iba a sacar una foto al señor con traje italiano y pelo engominado sujetando el cartel de “Sr. Pomeroy” para mandarlo a los colegas, pero decidí que había que mantener las apariencias.

Alvear Palace Hotel

Una hora más tarde y casi antes de parar del todo la limusina, mi puerta fue abierta por el portero del elegantísimo Hotel Alvear, igualmente impecable. ¿Cómo se puede abrir la puerta de un coche con estilo? Te juro que no lo sé, pero este señor lo hace a la perfección… tanto que casi entiendo porque la gente premia su arte con una propina. Todo en el Alvear rezuma opulencia y elegancia. Sus cinco estrellas y su historia invade todos los sentidos. La puerta giratoria de la entrada mueve el aire como un ventilador que extrae el aire del lobby de oro y mármol, que tiene el olor inconfundible de colonia Hermes y de dinero. El Alvear es un clásico, un hotel de lujo, sin duda, y empezaba a creerme lo de la estrella de cine pero la verdad es que podría haber estado en cualquier “Leading Hotel of the World”. Pero el verdadero lujo para mi me estaba esperando pacientemente el lobby.

Aunque no le conocía de antes, era tan fácil encontrar a Gabriel Greco en el lobby del Hotel Alvear como encontrar una margarita en un ramo de rosas. Era el chico joven que rezumaba frescura natural (no Hermés), sentado twitteando en un sillón estilo Louis XIV. Gabriel es amigo de un amigo y cuando se enteró que iba a visitar la ciudad me había prometido enseñarme “su” Buenos Aires. Eso sí que es un regalo de lujo para un viajero.

Después de pasear por el barrio del hotel (Recoleta), una de las zonas de mayor poder adquisitivo de la ciudad, nuestra primera parada irónicamente ha sido la última de muchos de los argentinos más famosos y acaudalados. En el Siglo XVIII el monasterio de Recoleta se encontraba fuera de los límites de la actual ciudad, en una zona rural. Hoy está en pleno centro y el único campo que queda es el campo santo rodeado de bloques modernos de oficinas y viviendas con una vista exclusiva, aunque algo tétrica. La verdad es que este cementerio tiene más edificaciones que muchos pueblos y según me contó Gabriel aquí hay más especulación inmobiliaria que en el resto de la ciudad. Si hay una cosa más cara que vivir en Recoleta, es estar muerto en Recoleta. En la entrada se nos acercó un representante de la “Fundación Cementerio de Recoleta” y nos preguntó amablemente, (pero con muy poco entusiasmo):  “Welcome. Where are you from?”. “De acá de Buenos Aires”, se apresuró a contestar Gabriel, mi ángel de la guardia. “Ah” dijo decepcionado el tipo de la puerta, con menos amabilidad y menos entusiasmo que antes y nos dejó pasar, vendiéndonos un plano de la barroca necrópolis por una fracción de lo que cobraría a un extranjero.

Cementerio de la Recoleta

Cementerio de la Recoleta

Como anglosajón no me emociona mucho la temática de la muerte; soy más bien de la escuela de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Pero tengo que confesar que este lugar, aunque un poco “freaky” es digno de ver y de hecho está lleno de turistas. Aquí “descansan” o por lo menos descansarían (si no fuera por los turistas y morbosos), los restos mortales de políticos, diplomáticos, poetas, escritores y, como no, del reclamo turístico por excelencia, Eva Perón. A pesar del plano que nos había vendido el amigo de la Fundación, Gabriel y yo nos perdimos en los calles y avenidas de esta ciudad y tuvimos que preguntarle a alguien por la tumba de “la Duarte” (otra de las formas de llamarla a Evita, por su apellido de soltera): “1º a la izquierda, 3º a la derecha y busca la gente y los flores”. No sé si las flores que rodeaban la tumba eran por la auténtica Eva que aun hoy sigue siendo un tema polémico de conversación en Buenos Aires, o por la de Madonna y Andrew Lloyd Webber … pero el caso es que me pillé tarareando “Don’t cry for me Argentinaaaaa” y con la imagen de la reina del pop muy viva ayudando a mi cabeza vencer imágenes de tumbas y zombies, decidí que era el mejor momento para salir a buscar los porteños vivos.

Cementerio de la Recoleta

Tumba de Maria Eva Duarte de Perón (Evita)

Pasamos por la Iglesia del Pilar; y entramos brevemente al Centro Cultural Recoleta y paseamos por la terraza del Buenos Aires Design, donde hay varios restaurantes y tiendas de diseño. Entonces tomamos un taxi, no porque seguía con mi rollo de estrella de cine sino porque, como me explicó Gabriel, los taxis de la ciudad son francamente económicos (2€ para un trayecto de 10 minutos). Fuimos a la librería El Ateneo Grand Splendid, que es tan grande y espléndida como su nombre indica y un lugar dónde podrías pasar un día entero. De hecho es lo que muchos hacen,  ya que tiene cafetería sobre lo que alguna vez fue el escenario de este antiguo teatro y salas de lectura en los sitios que antes fueron usados como palcos. Uno puede sentarse tranquilamente a leer los libros sin prisas y sin obligación alguna de comprar. El propio Gabriel lo describe perfectamente en su post

El Ateneo Grand Splendid

Luego tomamos otro taxi por la exageradamente ancha Avenida 9 de Julio. Dicen que es la más ancha del mundo y desde luego lo es mucho más que el largo de varias calles de mi pueblo. Pasamos por el Teatro Colón, que nada tiene que envidiar a los del viejo continente, y mas adelante por el emblemático Obelisco en la intersección con Avenida Corrientes. Según me cuenta mi guía de lujo, “La Avenida Corrientes es una de las principales de Buenos Aires, eje de la vida nocturna y bohemia, con su primer tramo repleto de entidades financieras y bancarias , hasta la peatonal Florida; de ahí en más es centro de entretenimiento, con teatros. Pasando la Avenida Callao toma un perfil netamente comercial.”

Obelisco

Llegamos al Congreso Nacional, un edificio de los que imponen respeto. Con su enorme cúpula, columnas clásicas, estatuas y bandera este monumento casi podría ser para mi “el símbolo” de esta nación si no fuera porque justo dónde me bajé del taxi, en un quiosco de prensa encontré el recordatorio de lo que hasta entonces había sido mi imagen de Argentina…un póster de Mafalda ahí mismo parecía retar la autoridad y poner el inmenso edificio y lo que simboliza en perspectiva.

Congreso de la Nación Argentina

Bordeamos la plaza y a los manifestantes acampados delante del congreso, (siempre hay alguno) , para tomar la Avenida de Mayo. Este es el centro de las relaciones argentino-españolas, con restaurantes, tablaos y entidades.

Gabriel me enseñó su edificio favorito: el Palacio Barolo, con su cúpula inspirada en un templo hindú. La construcción está llena de alegorías a la Divina Comedia (que dan un poco de miedo la verdad…no quisiera vivir en la parte del edificio que corresponde al “infierno”).

Palacio Barolo

Lo que en Madrid llamamos “Metro”, allí es  el “Subte”. Es toda una experiencia que aconsejo a cualquiera, incluso en una ciudad donde un taxi te cueste tan poco. La línea A del subte de Buenos Aires es la primera emplazada en Iberoamérica (1913) y lo increíble es que mantienen algunos de los vagones originales en funcionamiento diario. Panelados en maderas nobles, con  lámparas ornamentales y fijaciones de latón, estos vagones son joyas de la historia del transporte y en las dos paradas que hice me transportaron hasta principios del siglo pasado.

Subte, Linea A

Subte, Linea A

Nos bajamos en la Estacion Piedras y entramos al CafeTortoni, el más antiguo de la ciudad, ya que data de 1858. Aqui tomaron café con tertulia Sabato, Alfonisna Storni, Gardel y Borges, así que no podíamos faltar Gabriel y yo. El local huele a chocolate con churros y leche merengada, pero también a cuero y colonia de hombre ya que en el fondo del local funcionaba una barbería (sigue ahí , pero como museo).

Café Tortoni

Ya de noche, tras el descanso caminamos hasta la Plaza de Mayo. Ahí está la Catedral Metropolitana, que guarda los retos del General San Martin, libertador de Chile, Perú y Argentina (pero le dije a Gabriel que ya había visto suficientes tumbas por hoy…y por el resto de mi estancia en Buenos Aires). En otra esquina de la plaza se encuentra el Cabildo, donde fue la Revolución de mayo de 1810.

En el centro de la Plaza está la Pirámide de Mayo, y alrededor de esta, pintadas de los pañuelos que representan a las Madres de Plaza de Mayo. Todos los jueves, sin importar las condiciones del clima, marchan en torno a ella en señal de protesta por la suerte de sus hijos. Sufren como sólo puede sufrir una madre, con un dolor tan grande que no deja sitio para el odio y aquellos humildes pañuelos dibujados en el suelo parecían tan fuertes y dignos como la imponente y bella Casa Rosada que se encuentra usto enfrente, sede del Poder Ejecutivo Nacional.

Plaza de Mayo

Ya era tarde y tenía que prepararme para salir a cenar, así que Gabriel me acompañó hasta el hotel y se despidió con un abrazo tan auténtico como la ciudad de Buenos Aires que me había enseñado.

Hay ciudades que tienen personalidad propia y Buenos Aires es sin duda una de ellas. Para mi la sensación era como si una mujer madura pero aún hermosa hubiese estado intentando seducirme con la elegancia de sus formas y partes iguales de melancolía romántica y pícara.

De vuelta en el lujo del Alvear no pude resistir poner la TV que estaba encima de los grifos de oro de mi baño. Me dio cierta satisfacción comprobar que el sonido del jacuzzi no me dejaba oír los comentarios del fútbol que había en los cuatro primeros canales que probé. ¡Nada es perfecto…ni para las estrellas de cine!

El primer encuentro con la naturaleza brutal de la Patagonia Chilena


Tras la crónica de Chris de su recorrido por Santiago de Chile, ahora nos sorprende con su descripción sobre la Patagonia chilena. 

¡Seguimos recorriendo los paisajes más exóticos del Sur de América!

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La cortés y cálida bienvenida que nos brindó Carlos, el chofer del Hotel Remota (Puerto Natales) dentro del minúsculo aeropuerto de Punta Arenas, contrasta con el bofetón de viento y lluvia con el que nos recibió la Patagonia al salir al parking. Me habían avisado que en la zona más austral de Chile se puede vivir las cuatro estaciones en  un solo día. Pensé que era un tópico pero ahora doy fe… y parece que yo había llegado en pleno invierno del miércoles.

A los pocos minutos de salir del aeropuerto, Carlos se desvió del camino para invitarnos a dar un paseo por una playa desde la que podríamos contemplar las gélidas aguas del estrecho de Magallanes que, hasta la construcción del canal de Panamá, fue el único paso marítimo posible entre Atlántico y Pacífico (muy transitado por los buscadores de oro de California). La franja de tierra que teníamos enfrente es la isla de Tierra de Fuego, llamado así porque la población indígena tenía poca ropa para abrigarse del mismo viento que me estaban perforando mi abrigo de Goretex, y preferían calentarse con hogueras. Los marineros españoles que acompañaron a Fernando de Magallanes en su viaje por el estrecho vieron las hogueras y bautizaron la isla con su apellido.

La cantidad de conchas de mejillón que encontré en la playa me recordaron por un instante al suelo de un bar en el casco antiguo de Alicante pero sobre todo me recordaron que había salido de mi hotel de Santiago a las seis de la madrugada y tenía hambre.  Cuando volví al calor del bus el muy atento Carlos me había leído los pensamientos o se había adelantado a mis necesidades (cosa que haría muchas veces en los próximos días), y nos tenía preparado una merienda de riquísimos bocadillos y madalenas caseras. Ya sé que hay gente para todo pero creo sinceramente que el aviso “playa no apta para baño” sobra.

Según progresábamos por la Ruta 9 hacía Puerto Natales me quedé embobado mirando como la inmensa “pampa” cambiaba de color por los caprichos del viento que hacia pasar las nubes delante del sol como un carrusel de diapositivas. Algunas nubes descargaron lluvia en el horizonte añadiendo un arco iris como broche final de esta obra de arte enmarcado en el parabrisas del bus. De repente, una fila de extrañas formas sobre palos de acero aparecen en el horizonte. “Un monumento al viento”  me dice Carlos, anticipándose a mi pregunta. Salí del microbús para hacer una foto, bueno mejor dicho me caí del bus porque el homenajeado viento casi arrancó la puerta y con ella mi brazo. Es testimonio de la capacidad del ser humano de adaptarse a su entorno y de ver el vaso medio lleno cuando si lo único que hay en un páramo a todas luces hostil es el viento y van y ponen un monumento a la cosa que les está amargando la existencia. El caso es que esta obra tan singular como inesperada rompe la monotonía del horizonte con mucho estilo y arte.

Poco después del monumento al viento, la pampa empezaba a ondularse como una enorme y mullida alfombra con el que se ha tropezado un gigante. El paisaje empieza a cambiar a medida que nos acercamos a Puerto Natales, a 250 kilómetros al norte de Punta Arenas.

Si era invierno cuando salimos de Punta Arenas, la primavera y verano debieron de haber pasado mientras me echaba una cabezadita porque cuando llegamos a la oscura silueta del Hotel Remota el tiempo era cuanto menos otoñal.

Una vez más, el frío del clima contrastaba con la hospitalidad y calidez humana del equipo del hotel que salieron a nuestro encuentro antes que Carlos tuviera tiempo de poner el freno de mano.

He tenido ocasión de alojarme en unos cuantos hoteles en mi vida, algunos de mucho lujo, estrellas y fama pero el servicio que he disfrutado en el Remota consiguió sorprenderme.  Se ha conseguido un equilibrio perfecto entre la deferencia exigida en un producto de lujo (con precios de lujo) y la relajación y liberación de formalidades necesarias para comprender y disfrutar de la naturaleza de este lugar tan especial. En un sin fin de detalles es evidente que todo el hotel está pensado para que el visitante disfrute con todos los sentidos. Detalles como que la estructura portante de edificio, en forma de columnas de hormigón estén separadas de las paredes y ventanales para que el edificio pueda moverse con el viento y dar al visitante la sensación de estar en una gigantesca tienda de campaña (¡Créanme se mueven de verdad!). El único hilo musical del hotel es el que pone la madre naturaleza desde fuera, lluvia o granizo contra cristales, el viento o el canto de las aves. No hay televisión, ni falta les hace porque por cada una de sus ventanales se puede ver un documental de naturaleza en vivo y directo.

Comer la sopa de centollo me resulto algo complicado, no porque no fuera deliciosa, sino  porque no podía quitar los ojos ni cerrar la boca de la siempre cambiante vista del fiordo que tenía enfrente. Justo cuando terminábamos de comer se presentó Javier, que iba a ser nuestro guía particular durante la estancia. El Remota, ha emulado la innovadora fórmula “todo incluido” de los hoteles Explora y el cliente puede elegir cada tarde, aconsejado por su guía personal y por el hombre del tiempo, qué actividad quiere hacer el día siguiente: senderismo, kayak, paseos a caballo, bicicleta de montaña, etc.

Los guías saben todo sobre la historia, flora y fauna pero han sido entrenados para ser discretos y sensibles a las necesidades de sus clientes acompañando en silencio si así lo prefiere el cliente. Este no fue nuestro caso; hacer senderismo con Javier era como ir de paseo con la Wikipedia y disfruté como un niño haciendo preguntas simplemente por comprobar que tienen respuesta. En este primer encuentro acordamos que quedaban pocas horas de luz y  lo mejor sería una vuelta rápida por Puerto Natales y descansar para la caminata de cinco horas del día siguiente.

Esa noche me quedé dormido con una sensación de paz y bienestar que – aunque no niego que pueda haber influido el excelente tinto chileno de la cena – creo sinceramente se debió a la sensación de estar lejos, muy lejos de mis preocupaciones cotidianas y cerca, muy cerca de la naturaleza. Soñé con los paisajes espectaculares que iba a ver al día siguiente, sin saber que la realidad del Parque Nacional Torres del Paine iba a superar mis sueños.

Los “café con piernas” de Santiago de Chile


Desde Santiago de Chile contamos con un corresposal de lujo que se ha ofrecido voluntariamente para narrar sus primeras impresiones recorriendo Chile. Chris Pomeroy nos muestra su particular visión de una de las grandes capitales latinoamericanas que combina con sutileza la tradición y la modernidad.

¡Gracias Chris por compartir tus experiencias con nosotros!

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Después del vuelo de 13 horas el día anterior y un día de reuniones en la oficina de Turismo Chile me despierto algo desorientado (y juro que aún no he probado el afamado Pisco Sour o vino chileno). Poco a poco mi cerebro empieza a ubicarse como el GPS de mi coche cuando sale de un largo túnel y tarda unos segundos en encontrar la señal del satélite. El bolígrafo en la mesilla reza “Hotel Orly”, la decoración clásica y el minúsculo tamñano de la habitación  – aunque cómoda – parecía confirmar mi ubicación en París. Pero en seguida mi cerebro pilla señal y me acuerdo que este Orly está en Santiago de Chile y más concretamente en la calle Pedro Valdivia esquina con la larguísima Calle Providencia. Este pequeño hotel es acogedor y situado en una agradable y tranquila zona residencial, de embajadas y zonas ajardinadas que garantiza un buen descanso antes de explorar una gran metrópolis de 9 millones de habitantes.

A las 13,30h., creo, bajé a recepción para reunirme con mis colegas de Francia e Inglaterra. Digo “creo” porque tengo un lío con las horas debido a que oficialmente Chile cambia los relojes a su hora de invierno en el mes de marzo, sin embargo, este año, para ahorrar energía en un año especialmente seco, el gobierno decidió retrasar dos meses el cambio de hora, aparentemente obviando el pequeño detalle que lo ordenadores y móviles están programadas para cambiar en la fecha señalada. Mi móvil me dice que son las 11,28h. mi portátil jura que son las 12,28h. y según el despertador del hotel son las 13,16h.

Nuestro guía, Marcelo nos recoge en el hotel y nos lleva en coche por Providencia pasando por la iglesia de la Divina Providencia cuyo campanario fue una de las pocas victimas arquitectónicas del terremoto de del año pasado y de momento ha sido reemplazado por un tejado rojo. Pasamos por el edificio de Movistar qué supongo que data de los noventa porque en su día el arquitecto lo diseñó como un gigantesco móvil…de los que tenían antena y pesaban medio kilo.

Marcelo nos dice que estamos siguiendo el Parque Forestal un parque alarga, estrecha y hermosa bordeada por dos carreteras  que me recuerda el país bordeada entre cordillera y costa. Los fines de semana y festivos el Parque Forestal se llena de vida con música, teatro y familias pero hoy, martes, es terreno de parejas de enamorados que aprovechan la hora del almuerzo para pasear disfrutando de los 25ªC o anidar entre las hojas del otoño chileno que cubren el suelo como una colcha multicolor. ¡Cielos! 12 horas en el país de Neruda y veo poesía hasta en un revolcón.


Nos bajamos del coche a la puerta del Mercado Central a donde llega donde el mejor pescado y marisco directamente del Pacífico, a tan sólo 90 minutos de aquí para ser vendido en sus puestos tradicionales o servido en uno de los restaurantes como el famoso “Donde Augusto” o “El Galeón” este último escogido por nuestro anfitriones chilenos para deleitarnos con un Ceviche de congrio y loco.

Después de comer empezamos a andar hacía el downtown por una zona comercial y peatonal muy concurrida que desemboca en la famosa Plaza de Armas y la puerta de la Catedral de Santiago. Entramos en la hermosa y simétrica catedral bajo la atenta mirada del patrón de la ciudad y de los guardias que son rápidos en localizar el sonido de un móvil e invitar a su dueño abandonar el recinto sagrado. Recorremos el larguísimo corredor de brillante suelo de mármol blanco y negro y paredes doradas para salir a la brillante luz del sol que se refleja en la blanca fachada y columnas del antiguo congreso de los diputados. En el jardín del congreso hay una interesante estructura de madera portando dos enormes campanas. Marcelo nos explica que las campanas también se cayeron de otra iglesia durante el seísmo y tomo nota no buscar refugio en la casa del Señor en caso de terremoto no vaya a ser que empiece a llover campanas de 5 toneladas.

Próxima parada, la antigua casa de aduanas de Santiago que hoy alberga el Museo Precolombino. Este museo es de los que engañan y sorprenden. Por fuera parece poca cosa por esta tan lleno de historia, cultura y misterio que pierdes la noción del tiempo mientras recorres sus salas ordenadas, no por orden cronológico sino por procedencia de los objetos desde Texas hasta la Patagonia. Me llamaron especialmente la atención los ejemplos de rituales funerarias. Parece ser que el proceso de momificación de algunas de las culturas precolombinas era en esencia la misma que el que usaron los antiguos egipcios: sacaron del cadáver los órganos blandos para sustituirlos por hojas y plantas antes de embalsamar el cuerpo con barro. También impresionan los “hombres de Madera” una familia de figuras talladas en madera cuyos orgullosos rostros angulados recuerdan las damas de Avignon de Pablo Picasso.

Después de tanta cultura Marcelo nos propone un café…

El Café Caribe, uno de los típicos “café con piernas” en el centro de Santiago. Un sitio que parece retar todo lo políticamente correcto porqué sí. Primero en la puerta hay un cartel de “bienvenidos fumadores”, aquí no ha llegado la Ley Antitabaco pero esto es sólo el principio ya que el principal reclamo de está institución chilena son las camareras pechugonas en ceñidos vestidos rojos y minifalda que sirven el café detrás de una encimera sin barra que tape su piernas. Pero el café es lo de menos. En la esquina hay un señor, habitual del local toma un café mientras flirtea con una camarera cincuentona embutida en el mismo vestidito rojo que lleva desde que tenía edad y cuerpo para llevarlo. A nosotros nos sirve una melancólica chica joven con largas piernas, mucho pecho pero poca gracia. La decoración es de los años cincuenta y no ha cambiado nada desde que el concepto causó gran escándalo y furor y escándalo.

A la vuelta de la calle del Café Caribe, quizás aturdido por mi primera experiencia de café con piernas, tuve otra vez la sensación de estar en Europa cuando me encontré frente al bonito y clásico edificio de la “bolsa de comercio” un edificio que encajaría perfectamente en la Gran Vía de Madrid flaqueado por un lado por una sucursal de la BBVA y por el otro por el banco de Santander pero sobre todo porque todos los bares que pasé retransmitían la vuelta de la Champions entre Madrid y Barcelona.

Unos metros más adelante me encontré bajo la estatua de Salvador Allende y delante de la famosa Casa Blanca y Marcelo me estaba enseñando la puerta lateral por donde sacaron el cuerpo de Allende tras el golpe de Pinochet. De la época del golpe y de la posterior dictadura se habla muy poco en Chile como si fuera aún un tema tabú.

El rescate de South Beach

Colony Hotel (1935)

Miami Beach es un punto de visita obligado para los turistas que están en el sur de Florida, pero hasta no hace mucho era poco más que un banco de arena y algunas plantaciones. En 1913 un puente une la isla con el continente, momento en el cual comienza la urbanización de este sector. En un abrir y cerrar de ojos, surgió un importante complejo que llegó a su apogeo en los años 20. Cerca de una década más tarde aparecerían los famosos edificios de estilo Art Deco.

Esta tendencia de diseño surgida en París puede definirse como una mezcla de diversas influencias, desde el Art Nouveau hasta el cubismo. El lenguaje decorativo incluye patrones geométricos, formas abstractas, símbolos industriales y motivos culturales de antiguas civilizaciones. El estilo de Miami es distintivo, con vivos colores y figuras de flamencos y palmeras; a veces de lo llama Tropical Deco. Hay tres tipos básicos: el tradicional, el streamline moderne (de corte futurista) y el mediterraneo (inspirado en la arquitectura francesa, española e italiana).

Las construcciones se ubican en la zona sur de la isla (South Beach), sobre todo a lo largo de Ocean Drive. Más de 800 edificios, que hoy son ocupados por hoteles, bares, restaurantes y viviendas. Es uno de los principales atractivos de Miami, por ser la mayor concentración de ese estilo arquitectónico en el mundo; un verdadero museo al aire libre.

Crescent (1938)

Pero no todo fue color de rosas para este distrito. En los años 70 esta zona contaba con una pésima reputación, asediada por el crimen y el vandalismo. Las joyas arquitectónicas recién mencionadas se encontraban en un estado lamentable, muy descuidadas, razon por la cual iban a ser demolidas, dejando atrás un patrimonio cultural inigualable en su tipo.

Beacon (1936)

Avalon (1941)

Afortunadamente apareció en la escena Barbara Capitman, quien lideró un grupo de activistas que en 1979 logró que las construcciones fueran protegidas y declaradas monumento histórico. Tres años antes, habia fundado la Miami Design Preservation League (MDPL), organización sin fines de lucro que hasta la fecha sigue firme en su mision de preservar y promover la identidad cultural, social, ambiental y arquitectónica del distrito histórico de Miami Beach.

Miami Design Preservation League (1976)

Esta zona dio entonces un giro de 180 grados en cuanto a diseño urbano, ambiente y reputación. Edificios viejos y una atmósfera de inseguridad dieron lugar a un área con construcciones altamente cotizadas y un entorno chic y exótico. Artistas, fotógrafos y directores de cine se mudaron aquí; a su vez, turistas de todos los rincones comenzaron a acercarse, atraidos por las alegres fachadas y las luces de neon.

Ocean Drive y 8th St.

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Las fotos que figuran en la entrada, respetando el orden de aparición pertenecen a Hector111, Special KRB, blancastella, wallyg (2),  radiospike, bajo licencia Creative Commons.